La escena es familiar: un flujo incesante de noticias, notificaciones, solicitudes. Cada día, nuestras mentes son bombardeadas con imágenes, relatos, opiniones que chocan entre sí, invitándonos a reaccionar, a juzgar, a posicionarnos. La ira surge rápidamente, la indignación se propaga a la velocidad de la luz, la ansiedad se insinúa en nuestra vida cotidiana. A menudo nos sentimos impotentes, abrumados por un mundo que parece escapársenos, donde nuestras emociones son constantemente puestas a prueba, incluso manipuladas. Frente a este torbellino, la obra de un filósofo del siglo XVII, Baruch Spinoza, podría parecer lejana, casi anacrónica. Sin embargo, observando con más detenimiento, su pensamiento ofrece una clave de lectura de una pertinencia asombrosa para comprender los mecanismos de nuestra sociedad contemporánea, dominada por las pasiones y la búsqueda ilusoria de una libertad fragmentada.
Las pasiones tristes: De la servidumbre a la alienación digital
Spinoza, en su Ética, describe la servidumbre humana como la condición en la que el hombre está sometido a sus pasiones, actuando no por su propia razón, sino bajo el impulso de afectos externos. Distingue las pasiones alegres (que aumentan nuestra potencia de obrar) de las pasiones tristes (que la disminuyen). Ahora bien, nuestra sociedad digital parece sobresalir en la producción y amplificación de las pasiones tristes. El miedo a perderse algo (FOMO), la envidia generada por la comparación social constante en las redes, la indignación fácil ante informaciones a menudo descontextualizadas, el odio atizado por el anonimato y el efecto de grupo: todos estos son mecanismos que nos mantienen en un estado de servidumbre afectiva. Los algoritmos, lejos de ser neutrales, están diseñados para maximizar nuestro compromiso, es decir, para mantenernos cautivos de estos bucles emocionales. Explotan nuestros sesgos cognitivos y nuestras vulnerabilidades psicológicas, encerrándonos en burbujas de filtro que refuerzan nuestros prejuicios y nos aíslan de la complejidad de lo real. Creemos ser libres de elegir nuestros contenidos, cuando a menudo somos las marionetas de un sistema que nos empuja a desear lo que quiere que deseemos, a odiar lo que quiere que odiemos. Esta alienación no es solo individual; fragiliza el tejido social, erosionando la confianza y la capacidad de dialogar, de comprender al otro.
Spinoza nos invita a comprender la naturaleza de estas pasiones, no para reprimirlas moralmente, sino para superarlas mediante el conocimiento. No se trata de negar nuestras emociones, sino de comprender sus causas y sus efectos, para no seguir siendo sus esclavos. La psicología de las profundidades nos enseña que estas pasiones son a menudo el reflejo de necesidades fundamentales insatisfechas, de heridas arcaicas o de proyecciones inconscientes. La sociología, por su parte, revela cómo estas dinámicas son instrumentalizadas por estructuras de poder, ya sean económicas, políticas o ideológicas. La búsqueda de reconocimiento, la necesidad de pertenencia, el miedo al aislamiento son palancas poderosas que el mundo digital explota sin descanso, prometiéndonos una satisfacción efímera que solo profundiza nuestra dependencia.
La potencia de obrar y el conocimiento adecuado: Un camino hacia la autonomía
Contra esta servidumbre, Spinoza propone el camino de la libertad, que no es la ausencia de restricciones, sino la capacidad de obrar según nuestra propia naturaleza, es decir, según la razón. Esta libertad se adquiere mediante el conocimiento adecuado de las causas que nos afectan. Comprender por qué sentimos tal emoción, por qué actuamos de tal manera, es ya empezar a liberarse de ella. Es transformar una pasión pasiva (sufrida) en una acción activa (dominada). En el contexto actual, esto significa desarrollar una forma de alfabetización digital crítica: comprender los mecanismos de los algoritmos, las intenciones detrás de los mensajes, los sesgos de nuestras propias percepciones. Es un trabajo de introspección e investigación que requiere esfuerzo y perseverancia. Se trata de cultivar nuestra «potencia de obrar» (conatus), esa fuerza vital que nos impulsa a perseverar en nuestro ser y a aumentar nuestra perfección. Esta potencia no se mide por la acumulación de bienes o de seguidores, sino por nuestra capacidad de comprender y de obrar de manera autónoma, de acuerdo con nuestra esencia profunda.
La epistemología spinozista nos invita a pasar del primer género de conocimiento (la opinión, la imaginación, las ideas confusas) al segundo (la razón, las ideas adecuadas) y al tercero (el conocimiento intuitivo, el amor intelectual de Dios o de la Naturaleza). En nuestra era de desinformación y de fake news, donde la opinión reina, esta distinción es más crucial que nunca. Aprender a distinguir el hecho de la interpretación, la causa del efecto, el rumor de la verdad, es un acto de resistencia filosófica. Es un camino hacia una forma de emancipación intelectual que nos permite no ser arrastrados por los vientos cambiantes de las pasiones colectivas, sino navegar con una brújula interior.
La ética spinozista y la política de lo común
Más allá del individuo, Spinoza también desarrolló una filosofía política radical. Concebía el Estado no como una entidad represiva, sino como una institución destinada a garantizar la libertad de cada uno, permitiendo a todos vivir y obrar según la razón. La mejor sociedad es aquella que permite a sus miembros aumentar su potencia de obrar colectivamente. Esto implica la libertad de pensar y de expresarse, la tolerancia y la búsqueda del bien común. En nuestra sociedad polarizada, donde las identidades se fragmentan y se oponen, la visión spinozista de una colectividad fundada en la razón y la comprensión mutua es un potente antídoto. No se trata de borrar las diferencias, sino de encontrar lo que nos une en nuestra común humanidad, en nuestro deseo de perseverar en el ser y de vivir mejor. La alegría, en Spinoza, es contagiosa y refuerza los lazos sociales. Las pasiones tristes, por el contrario, dividen y debilitan. Una política spinozista buscaría crear las condiciones para una alegría colectiva, para un aumento de la potencia de obrar de todos, favoreciendo la educación, la cultura, el diálogo y la cooperación.
La antropología nos recuerda que el hombre es un ser social por naturaleza, cuyo desarrollo está intrínsecamente ligado a su entorno y a sus interacciones. Las estructuras de poder, ya sean estatales o económicas, tienen un impacto profundo en nuestra capacidad de vivir según la razón. Spinoza nos invita a cuestionar estas estructuras, a comprender cómo pueden alienarnos o, por el contrario, emanciparnos. La cuestión no es saber si debemos desconectarnos del mundo, sino cómo podemos estar presentes en él de manera consciente y activa, participando en la construcción de un común que favorezca la vida y la libertad, en lugar de la servidumbre y la división.
En última instancia, el pensamiento de Spinoza no es una doctrina a aplicar ciegamente, sino una invitación a un camino personal y colectivo. Nos exhorta a no ceder a la facilidad de las pasiones, a no dejarnos definir por los algoritmos o las imposiciones externas. Nos recuerda que la verdadera libertad reside en el conocimiento de uno mismo y del mundo, en la capacidad de obrar por uno mismo, y en construir una vida donde la alegría y la razón sean nuestros guías. Es un llamado a la autonomía, a la responsabilidad, y al amor intelectual de esta Naturaleza de la que somos parte integrante. En el tumulto de nuestro presente, esta sabiduría antigua ofrece un ancla, una brújula para navegar hacia una existencia más plena y consciente.
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Sylvain Delahaye
